Escribe Hugo Silveira

Comunidades originarias celebrarán a la Pacha Mama

Establecido el 1 de agosto como el Día de la Madre Tierra, o de la Pachamama, o de la Ñuke Mapu, año tras año millones de seres humanos hacemos un alto en nuestra cotidianeidad para testimoniar nuestro agradecimiento a la naturaleza que todo nos brinda, para pedirle perdón por las atrocidades que el sistema capitalista le está haciendo y para seguir asumiendo el compromiso de luchar para que todos entiendan que somos sus hijos.
Intereses de dominación han pretendido que olvidemos eso y cambiemos lo natural que está al alcance de todos por cuestiones artificiales creadas para adormecer y domesticar.
La madre tierra tiene cuatro estratos cada uno representado por un color. El que está debajo, lo llamamos en el idioma mapuche “minche mapu” y se lo identifica con el rojo, tanto por la sangre derramada en defensa de nuestros derechos (desde el comienzo de la conquista hasta la de Santiago Maldonado, Rafael Nahuel y tantos recientes en América) como por el fuego que forma el centro del planeta. El siguiente es “karu mapu”, la tierra verde donde transcurren nuestras vidas. Más arriba está la “wenu mapu” tierra del cielo, idenficada con el celeste y donde tenemos la atmósfera con sus nubes, sus vientos. Y más alto aún, la “pullu mapu”, tierra de las almas, identificada con el amarillo por la luz del sol que alumbra y nos permite vivir.
Al llegar ese día encontramos a la tierra verde en un momento de descanso, aún en esta zona donde ya ha sido laboreada para implantar trigo. La vegetación natural recién está queriendo rebrotar y los árboles aún muestran sus ramas desnudas, camino a la floración.
Es momento para brindarle nuestras ceremonias, sean familiares o comunitarias.
En cada casa se abre un pocito, sea en el terreno o en alguna maceta o cantero. Tras ello se la convida con alguna bebida fuerte (la más conocida es la caña macerada con ruda) y se le entregan alimentos. Al mismo tiempo se le habla con la ternura con que nos dirigimos a nuestra madre, dándole las gracias, pidiendo disculpas por las agresiones y solicitándole que, pese a todo, nunca se canse de darnos los elementos de nuestra existencia: luz de sol, aire puro, alimentos, fuego, agua apta para beber, minerales, …. En fin todo lo que hace a nuestra vida.
Comunitariamente la agasajamos con ceremonias compartidas en lugares ya pre determinados. En esa circunstancia nos acercamos a cada estrato.
El ingreso al sitio lo hacemos caminando en círculo en sentido contrario a las agujas del reloj, como si fuera la tierra girando en torno al sol. Luego, mirando hacia el este, asperjamos con agua y yerba o alguna bebida especial (muzai por ejemplo) y conversamos con la Karu Mapu que estamos pisando. En el momento preciso abrimos un pozo, para llegarnos a la tierra de abajo y allí depositamos nuestras ofrendas. Al finalizar la ceremonia, tapamos ese hoyo y sobre él depositamos cigarrillos encendidos, sin filtro, para que el humo lleve nuestra fuerza a la tierra celeste.
Volviendo a la ceremonia de nuestra casa, dejamos el pozo abierto durante todo agosto y le vamos convidando con comidas y bebidas. A fin de mes lo tapamos, con la promesa de volver a abrirlo al año siguiente.